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El taller para Manuel Mejía Vallejo

 

“Cualquier afirmación que se haga sobre literatura y arte es afirmación equivocada: inclusive ésta para comenzar la introducción a un libro sobre trabajos de taller, donde varios muchachos se han metido por vocación y por averiguar pequeños secretos del oficio literario.

 

Una experiencia personal me dice lo que desde antes maliciaba cuando Jorge Zalamea me invitó a dirigir con él un taller parecido en Cali. Manifesté cierta incredulidad, equivalente a mi desconfianza para tener verdades absolutas, o para enseñar lo que apenas estaba ensayando, seguro como estoy de que el escritor es un aprendiz permanente, sin diploma posible.

 

En el Taller de Escritores auspiciado por la Biblioteca Pública Piloto no se ha querido ejercer un pontificado, tampoco cierto tipo de anarquía amable para quienes piensan que la juventud sola equivale a talento, apto para tumbar normas en una postura de goce en la ignorancia. Allí están la mirada limpia, la inconsecuencia, el querer imponerse, la fe y el asombro. Hay quienes todavía piensan que rechazar la ortografía es un arranque poderoso del estilo personal y quiénes ven en generaciones anteriores una tácita enemistad decadente. De pronto muestran versos en baratillo de la peor retórica, y de pronto, también, la imagen nueva, el ángulo de enfoque certero, el hallazgo.

 

Como el Taller carece de solemnidad, en él se regodean el humor junto a la crítica y el desparpajo junto a la disciplina mental. Es una reunión de pensamiento libre donde las ideas antagónicas tratan de mostrar su verdad, o retazo de verdad que a cada una corresponde. No hay cátedra por obligación.

 

Novela, cuento y poesía aparecen frecuentemente en los trabajos. Y a pesar de que la novela es género de madurez – no existen novelistas precoces – ya salió publicada “Amada está lavando” de Fernando Macías, buena muestra de la joven narrativa colombiana. Rara vez aparece el ensayo, por ser otro género que pide amplias y hondas referencias a la cultura y al conocimiento.

 

Pero aunque escribir es tal vez una de las pocas faenas que no se enseñan si escribir sobre pasa el simple hecho de redactar correctamente , en muchas ocasiones basta un contacto, una amistad, unas tertulias sin ánimo dictatorial, unas observaciones de experiencia, un estímulo en su hora oportuna, para que alguien decida su destino de escribir: en este sentido sirven los talleres literarios.

 

Sin embargo, cualquier autor consagrado puede hacer daño a un principiante si no permanece atento al estilo en cierne, a una rebeldía siempre necesaria así esté llena de posibles equivocaciones, que son defensa de la personalidad. Es peligroso pretender formar estilos epigonales e ignorar la manera que cada cual tiene de esbozar o terminar sus cosas. Por eso quien dirija un taller debe tener sentido de la transferencia, cierto tipo de adivinación para entrever en el joven inseguro la plenitud de un futuro creador.

 

Por otra parte, al taller han llegado personas válidas en nuestra literatura: Elkin Restrepo y Darío Ruiz Gómez, Mario Rivero y Jorge Artel, Jaime Mejía Duque y Mario Escobar Vélasquez, Humberto Navarro y Alvarez Gardeazábal, hasta forasteros entrañables como Juan Rulfo, Manuel Puig o Camilo José Cela. Y vendrán otros para decir lo mismo: que el hombre casi nunca aprende a leer, mucho menos a escribir, y que la literatura es un oficio para sabedores de la cordura ambiente, donde la mayoría es enemigo irrevocable. Seguiremos escribiendo, es un destino total.

 

Aunque algunas de estas muestras aparecen como sus autores las entregaron, otras aguantaron su decantación para resumir un esfuerzo apretado, un debatirse en lo que llaman creación literaria, tan difícil de someter a normas pre-establecidas. Varias influencias captables y un afán por dar la propia voz y el propio sacudimiento pueden observarse en este libro, característico de lo que actualmente escribe nuestra juventud.

 

Pero no intento hacer una página de magisterio sino otro trabajo de taller con el solo afán de aunar doce nombres nuevos, convencido de que algunos de ellos figurarán justificadamente en la literatura colombiana”.

 

Manuel Mejía Vallejo: Trabajo de Taller, Biblioteca Pública Piloto. Taller de Escritores. Medellín, 1980, 175 p.

 

“Hay una a modo de aventura en esto de publicar lo que se ha dado en llamar “Trabajo de Taller!: aventura al afrontar una expectativa, aventura para quien por primera vez publica algo suyo, aventura del mismo taller que se arriesga con autores nuevos, por adivinarles posibilidades o por considerarlos escritores de verdad.

 

Según parece, hasta ahora hemos acertado: de los mostrados en el primer volumen casi todos tienen ahora cuando menos un libro que los acredita como buenos poetas, novelistas, cuentistas o simplemente prosadores. La joven literatura del país no podrá ignorar los nombres de Lucía Victoria Torres y Edgar Trejos, de Libardo Porras Vallejo y Orlando Gallo Henao, de Luis Fernando Macías y Héctor Viera, de Wilealdo García y Jairo Morales. Este último un buen crítico, además.

 

No la vanidad de un libro, sino el orgullo sereno de un primer libro. Que equivale simplemente al comienzo de una lucha para toda la vida; ese asumir un destino, aunque suene inflada la frase, porque la literatura es un ejercicio de tiempo completo y no admite concesiones en el proceso ni en sus finalidades; ese saber que hay que jugársela toda –contra el medio, contra la envidia, contra las impotencias actuantes -, escoger otra profesión que sea lucrativa y que despierte menos suspicacias.

 

Con Gloria Inés Palomino –directora de la Biblioteca Pública Piloto y atenta siempre a esta clase de acontecimientos- tratamos de armar una especie de Fondo Editorial, a donde tenga acceso aquellos escritores jóvenes sin editor –la mayoría - y que muestren una obra donde estén realizados o insinúen una próxima realización literaria, sin someterse a discriminaciones o humillaciones, cosa frecuente en asuntos de tal índole.

 

Así, antes de concluir el año editaremos tres nuevos títulos. Y no intentamos favorecer a nadie, pues no seremos institución de beneficiencia ni adoptaremos actitudes paternalistas. Puede haber confianza desmedida en nuestro propio criterio, pero obraremos de buena fe, también con ánimo de incitar: esas publicaciones serán apenas un pequeño trampolín, para que cada escritor tenga un punto de referencia, frente a sí mismo y frente a lo que lo rodea, para que pueda tomarse su temperatura. Algunos se salvarán, si es salvarse acertar en literatura. O que se los lleve el diablo, pero después de una mínima oportunidad.

 

Mientras tanto seguiremos viviendo, en los miércoles de la Piloto un aire de tertulia, donde es válida cualquier opinión por absurda que parezca. Allí nos entendemos conversadamente, en amable búsqueda de tantos secretos que guarda el ejercicio literario: nunca pasaremos de ser aprendices.

 

Como ocurre en casos semejantes, este volumen segundo de Trabajo de Taller presenta escritores de garra a pesar de sus años, o escritores con madera, así diría cualquier aserrador. En él hay esfuerzos más o menos compensados, sueños diluidos en páginas, vida que se hizo letra, palabras que se aferran del papel y dicen o tratan de decir lo que la vida va nombrando en sus acosos. O lo que se logra escuchar en medio del trajín del mundo.”

 

Manuel Mejía Vallejo: Trabajo de Taller 2, Biblioteca Pública Piloto de Medellín, Taller de Escritores. Medellín, 1986, 231 p.

 

EXPLICACIÓN
Hace ya diez años algunos muchachos se metieron en la siempre amable y amarga tarea de escribir en un medio donde la literatura se había ejercido más o menos clandestinamente, pues aún a los cultos sigue infundiéndoles desconfianzas inusitadas: el escritor continúa siendo el disidente, el inconforme, el oteador de nuevas posibilidades, amigos de preguntar en busca de respuestas distintas, precisamente en donde para todo se tienen respuestas prefabricadas.

 

Diez años atrás el Taller de escritores de la Biblioteca Pública Piloto comenzó con varios “gomosos”, esos que siempre animan pequeñas empresas o empresas grandes en arte, civismo, literatura y cuanta actividad distingue a los seres todavía no medidos a cordel. Sus directores fundadores (Alejandro González, Juan Luis Mejía, Jairo Morales) no erraron al pensar que de un conjunto mínimo iría saliendo algo digno de ser tenido en cuenta.

 

Como este volumen, donde hay un aspecto que debería llamar la atención: en él no se advierte el sello del “taller” –lo que algunos desinformados piensan que es un Taller -, pues, a pesar de la juventud en la mayoría de los incluidos, no se advierten influencias inmediatas, o ellas han sido absorbidas por un personal capacitado para el verso o el relato. Hay aquí mundos individuales, caminos diferentes a los trillados, búsquedas y hallazgos de indudable valor.

 

Tal vez el Taller ha influido con cierto tipo de orientación sin normas estrictas, con una desconfianza frente a los cánones cerrados, con su desdén por la retórica sonante, con su necesidad de la poesía, así se trate de la prosa más severa: la poesía no podía mantenerse en las recitaciones de bohemios escasos de talento o en manipulaciones del lenguaje dentro de un culebrerismo pintoresquista, sin arraigo él en la disciplina que exige el simple hecho de nombrar las cosas.

 

En cierta forma la literatura exige también una gran capacidad de renuncia, en ella van quedando los que valían verdaderamente desde antes de saberse escritores. Porque la desconfianza acompañará siempre a quienes siguen ajenos a los grupúsculos que se creen poseedores del monopolio de la verdad y del buen gusto, a quienes desdeñan la pompa y los facilismos en su vida y en su obra.

 

Esta antología sólo recoge trabajos de los que, pertenecientes al Taller de la Piloto, han publicado cuando menos un libro. El primer libro: Esa nueva aventura de vivir otro sentido de la vida, el otro descubrimiento, la otra sensación de soportar tantas agonías; haber palpado el mal sabor de una página en blanco, ahí, desafiante frente a la esterilidad, apacible frente al esfuerzo inútil, indiferente ante la fiebre que trata de ser creadora. O la página que se va llenando con el color de la ilusión primera, con las palabras balbucientes que significan un olvido pequeño, un amor grande, unas cenizas todavía candescentes, el jadeo de un esfuerzo perdido. El primer olvido, la lucha por permanecer más allá de la muerte…Y la resurrección diaria para cada diaria desaparición de lo que fuimos y tal vez no seremos más. Ese instinto de conservación, el no querer desaparecer completamente, así nuestros huesos blanqueen algún paisaje escondido.

 

Y esa seguridad tímida y orgullosa de que algún día seremos grandes, y la eterna desconfianza porque ni siquiera seremos, borrados ya los primeros impulsos, borrada la primera huella sangrante, borrado ese otro instinto de la vanidad. Y empezar de nuevo, y creer que ahora sí ha llegado el ángulo de enfoque preciso, la palabra exacta, la frase-trampolín hacia la gloria… O ese sacar de la nada algo que vibre en su febricitación. Pero ¿ si la nada no existe? ¿O si es simplemente el vacío de donde podrían salir todas las cosas? Si la nada ya estaba hecha, poco debe valer lo que aún llamamos creación.

 

De todas maneras aquí va este nuevo volumen con el sello de la Biblioteca Pública Piloto, que ahora maneja treinta talleres en la sede principal y en las sucursales de los barrios: poesía y pintura a varios niveles, iniciación musical, coros, banda infantil, percusión, pintura, escultura, creatividad, libros y lectura, filosofía, danzas, además de sus exposiciones permanentes, ciclos de conferencias y cuanta cosa más que la ha convertido, por una mística, una constancia y un equipo excelente de colaboradores, en la entidad más activa, culturalmente hablando, de Colombia.

 

Este libro, y otros que han salido al amparo del mismo sello, confirma la vocación de un grupo formado por escritores de profesiones disímiles, o sin otra profesión conocida fuera de la de un consciente ejercicio literario, para el que ninguna de ellas capacita si se carece de aptitudes excepcionales. Confirma también que un taller discretamente manejado no crea “tics” retóricos ni vicios aprendidos de quienes son sus coordinadores.

 

En mi caso personal, la tarea ha consistido en sugerir caminos, nunca en imponer una escuela o una tendencia determinada ni repartir lecciones dictatoriales, sino la humilde de entreabrir ventanas y entrever posibilidades en quienes bregan por dar a la palabra un sentido superior al que le adjudica el diccionario.

 

Manuel Mejía Vallejo: Taller de Escritores 10 años. Medellín, Biblioteca Pública Piloto, 1988, 219 p. (Colección Trabajo de Taller, 10).

 

 

 

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